MINERÍA
Tierras raras: por qué Salta tiene una segunda ventana minera después del litio
El reacomodamiento global por la dependencia china de las tierras raras abre una oportunidad estratégica para Salta. Con el RIGI, el ecosistema construido por el litio y la geología de la Puna, la provincia tiene una carta para jugar, aunque el proyecto está aún en fase prospectiva.
El despegue del litio le enseñó a Salta una lección estratégica: una provincia mediterránea puede convertirse en proveedora de insumos críticos para la transición energética global si combina geología favorable, seguridad jurídica e infraestructura. Esa misma ecuación abre ahora una segunda ventana, todavía silenciosa pero potencialmente más decisiva: la de las tierras raras.
Las tierras raras son un grupo de diecisiete elementos —neodimio, praseodimio, disprosio y terbio entre los más codiciados— que resultan insustituibles para los imanes permanentes de alta potencia. Sin ellos no hay motores de vehículos eléctricos, ni aerogeneradores, ni buena parte de la electrónica y los sistemas de defensa modernos. La demanda proyectada para la próxima década es vertical, pero la oferta está concentrada de un modo que inquieta a las potencias occidentales: China controla cerca del 60% de la extracción mundial y, sobre todo, alrededor del 85% del refinamiento y la separación. Las recientes restricciones a la exportación de imanes y de tecnología de procesamiento convirtieron ese dominio en un arma geoeconómica, y empujaron a Estados Unidos, la Unión Europea y Japón a buscar con urgencia proveedores alternativos.
Es en ese reacomodamiento donde Salta tiene una carta para jugar. La Argentina dispone hoy del RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones), que ofrece estabilidad fiscal y cambiaria por treinta años, justo el tipo de previsibilidad que exige un proyecto minero de capital intensivo y maduración lenta. La provincia, además, ya construyó un ecosistema institucional probado con el litio: una autoridad minera ágil, la articulación de REMSA, la mejora logística del Corredor Bioceánico y la apertura del Paso de Sico, y una masa crítica de proveedores, geólogos y mano de obra calificada en la Puna. Nada de eso se improvisa, y todo eso es transferible a un nuevo mineral.
Conviene, sin embargo, ser riguroso para no vender humo. Las tierras raras en Salta están en una etapa exploratoria y prospectiva: hace falta relevamiento geológico fino —un trabajo que el SEGEMAR y la inversión privada deben acelerar— antes de hablar de reservas certificadas. Y el verdadero cuello de botella no es extraer, sino separar y refinar: esa es la fase técnicamente compleja, ambientalmente sensible y dominada por China que ningún país occidental ha logrado replicar a escala con facilidad. Apostar solo a exportar concentrado sin agregar valor sería repetir el viejo error extractivista.
La oportunidad, entonces, es real pero finita. La ventana geopolítica que hoy premia a los proveedores confiables fuera de la órbita china no permanecerá abierta para siempre. Salta puede capitalizarla si actúa con la misma decisión que tuvo con el litio: financiar la exploración temprana, ofrecer reglas claras y estables, y pensar desde el primer día en encadenamientos de valor en lugar de quedarse en la boca de la mina. La provincia ya demostró que sabe subirse a tiempo a una transición global. Las tierras raras son la próxima prueba.